Abramos los ojos ante la insensatez de la energía nuclear.
Amory B. Lovins
Chairman, and Chief Scientist
Rocky Mountains Institute
“Cada dólar invertido en la expansión nuclear exacerba el cambio climático: a mayor inversión, peor solución”.
En palabras de Amory Lovins, la inversión en la energía nuclear es lo peor que podemos hacer por el cambio climático. Todo se reduce a la (mala) economía y los costos de oportunidad.
A menudo se describe la energía nuclear como una importante alternativa energética, rápida y vital, la única fuente práctica y comprobada suficientemente importante y rápida para influir en serio en la mitigación del cambio climático. Si bien esta perspectiva puede contemplar diferentes alternativas relacionadas con “microgeneración de energía” y “negavatios” (ahorro de electricidad) como opciones necesarias y deseables dentro de una combinación equilibrada de fuentes eléctricas que emiten bajos niveles de dióxido de carbono, también las considera relativamente insignificantes, lentas, inmaduras, poco certeras y futuristas.
Entonces la prensa crédula acepta esta supuesta nueva realidad y construye una caja de resonancia para amplificarla. Algunos políticos y formadores de opinión también adhieren. Y sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad que la visión de una industria de energía nuclear poderosa, en posición de lograr un rápido crecimiento y sin rivales importantes a la vista: de hecho, la energía nuclear, que alguna vez fue una industria importante, hoy está desapareciendo del mercado, superada y humillada por rivales más veloces.
“Cada dólar invertido en la expansión nuclear exacerba el cambio climático: a mayor inversión, peor solución”.
Cuanto mayor sea la preocupación por el cambio climático, mayor será la importancia de invertir en la reducción de las emisiones de dióxido de carbono con prudencia y no indiscriminadamente. Es fundamental invertir en las soluciones más veloces y eficaces a fin de mitigar el cambio climático. Y la energía nuclear es justamente lo contrario. Por consiguiente, el presunto apoyo masivo a la expansión nuclear como una opción “verde”, aun si fuera real (y no lo es), sería ilógico y contraproducente. Los esfuerzos por “revivir” esta tecnología moribunda sólo hacen perder tiempo y dinero. Sería de esperar que el centro financiero de Londres valorara todas estas señales de alerta; en países como China, Corea y Francia, no hay inversiones en energía nuclear provenientes del sector privado. En cuanto a los fondos públicos, la industria británica ya necesitó dos costosos rescates financieros; cometer el mismo error por tercera vez pasmaría a los historiadores de épocas futuras.
La verdadera competencia.
Diferentes estudios estándares, que comparan las nuevas plantas nucleares con las plantas eléctricas centralizadas que operan por combustión de carbón o gas natural, permiten concluir que podría salvarse la marcada desventaja del costo total si se abarataran considerablemente los costos de construcción, o si se otorgaran mayores subsidios para la construcción y la operación, o si se gravaran más impuestos sobre las emisiones de dióxido de carbono, o (como prefieren los defensores de la energía nuclear) si se produjeran todos esos cambios. No obstante, esos esfuerzos por mostrar las plantas nucleares como una opción competitiva son inútiles, porque las plantas térmicas centralizadas no son la verdadera competencia.
Ninguna de las alternativas anteriores puede competir con la energía eólica (y otros recursos renovables), ni mucho menos con dos recursos ampliamente más económicos: la cogeneración (sistema que combina calor y energía, CHP) y el uso eficiente de la electricidad (es decir, tecnologías utilizadas para obtener el mayor rendimiento por cada kilovatio/hora).
En conjunto, las tecnologías que no emiten dióxido de carbono o que emiten bajos niveles, actualmente implementadas en el mercado internacional, ya son de mayor magnitud que la energía nuclear, y su crecimiento ha sido diez veces más veloz. No es casual que así sea. Estos hechos simplemente reflejan la falta de competitividad inherente de la energía nuclear. Asimismo, hoy en día su escasa demanda proviene de los sistemas centralizados de suministro eléctrico. A pesar del apoyo oficial y los subsidios públicos, su falta de competitividad económica la convierte en una opción poco tentadora para el mercado de capitales privados. Más aún, la eficiencia energética y los recursos renovables se están volviendo una opción cada vez más económica por razones fundamentales y sostenibles: ofrecen nuevas y mejores tecnologías, permiten la generación off-shore y a gran escala, brindan mayor competitividad, y admiten la prestación simplificada y —sobre todo— el diseño integrador.
La velocidad y el más amplio alcance de los adelantos de toda la competencia exceden con creces cualquier mejora posible en el área de la energía nuclear.
Costos de oportunidad descomunales.
El temor a una falta de energía inminente no debe empujarnos a tomar decisiones precipitadas ni irracionales. No tiene por qué existir tal falta si adoptamos estrategias sensatas. Sin embargo, la burda generalización de que “necesitamos todas las tecnologías energéticas posibles” —como si dispusiéramos de una infinita cantidad de dinero y no fuera necesario elegir— no resiste ningún tipo de análisis. Debemos elegir la mejor oferta en primer lugar, no en último.
Tampoco podemos acceder a todas las opciones. Los inversores consideran conveniente la diversificación, pero esta debe implementarse con inteligencia. La ventaja estratégica de contar con una cartera diversificada no justifica la compra de la totalidad de las tecnologías o los activos financieros del mercado. En este sentido, la energía nuclear es tanto innecesaria como poco rentable. En la práctica, seguir sosteniéndola supone desviar inversiones públicas y privadas que podrían aplicarse a los competidores exitosos más económicos del mercado —la cogeneración, los recursos renovables y la eficiencia energética— para dirigirlas al menos exitoso y más costoso del mercado.
Si la generación de 10 kilovatios/hora de la nueva energía nuclear cuesta aproximadamente un dólar, de acuerdo con los niveles de subsidios del 2004, podría usarse ese dólar para reemplazar más emisiones de dióxido de carbono provenientes de las plantas eléctricas por combustión de carbón, a través de:
* energía eólica: con un dólar se generan de 12 a 17 kWh de energía eólica despachable;
* cogeneración industrial por combustión de gas: con un dólar se generan de 9 a 17 kWh (según el nivel de emisiones de dióxido de carbono);
* cogeneración en edificios residenciales: de 20 a 65 kWh (nuevamente según la cantidad de emisiones de dióxido de carbono);
* uso del calor proveniente de la cogeneración de desechos: de 24 a 86kWh;
* uso eficiente de la electricidad por parte del usuario final: ahorro de hasta 100kWh.
Una parte importante, de hecho la mayor parte, de la reducción de las emisiones de dióxido de carbono debe provenir del uso eficiente de la energía por parte del usuario final, ya que este método es a la vez rentable —más económico que la energía que se ahorra— como rápido de implementar.
La reducción total de las emisiones de dióxido de carbono debería implementarse rápido desde el punto de vista colectivo, y debería ser eficaz en cuanto a los niveles de dióxido de carbono que se evitarían por cada dólar invertido.
Por otro lado, el crecimiento de la energía nuclear no sólo disminuiría sino que también demoraría la tan deseada reducción de las emisiones de CO2. Cada dólar invertido en este tipo de energía exacerba el cambio climático: a mayor inversión, peor solución. Considerando este “costo de oportunidad” —toda inversión supone renunciar a otras alternativas a las que podría haberse accedido con la misma cantidad de dinero—, la energía nuclear genera considerablemente mayores niveles de dióxido de carbono que cualquier planta de carbón.
El uso eficiente de la energía y la generación descentralizada superarán, como objeto de inversión, a la energía nuclear en términos de costos, velocidad y envergadura por un amplio y creciente margen. Esta no es sólo una hipótesis: es lo que demuestra con gran contundencia el mercado de hoy. Las argumentaciones que sostienen la necesidad de más plantas nucleares para proteger el clima del planeta no resisten ningún tipo de análisis fundamentado ni son coherentes con las actuales opciones del mercado.
No es una gran opción.
Hoy en día, la energía nuclear a escala mundial ya dispone de una menor capacidad instalada y genera menos electricidad que los recursos renovables y la tecnología CHP (combinación de calor y energía) en conjunto. En 2004, estos rivales aportaron casi tres veces más de energía y seis veces más de capacidad que la energía nuclear.
Desde el punto de vista de la demanda, la eficiencia energética generada por el usuario final bien podría haber permitido ahorrar más electricidad y evitado más emisiones de dióxido de carbono. Dado que la mayoría de los países no la miden, es difícil hacer comparaciones rigurosas, pero es evidente que se trata de un gran recurso en expansión.
Estas tecnologías rivales no sólo registran un ritmo de implementación diez veces más veloz que la energía nuclear, sino que a la larga pueden adquirir dimensiones mucho mayores.
La energía nuclear, limitada, problemática y lenta, es más un método intrínsicamente acotado para proteger el clima porque sólo genera electricidad, mientras que un enfoque generalizado de eficiencia energética también permite ahorrar el combustible utilizado en el transporte y la calefacción, lo cual contemplaría 2,5 veces más de emisiones de CO2 que un método centrado exclusivamente en la electricidad.
Las plantas nucleares deben operar a un ritmo constante, en lugar de modificar su funcionamiento en gran medida en función de las cargas, y las unidades son demasiado grandes para los países más pequeños o los usuarios de zonas rurales.
Los inversores prudentes favorecen la microgeneración de energía. La energía más económica y confiable suele ser la generada en los establecimientos de los usuarios o cerca de ellos en más unidades de menor dimensión, y no la que se produce a una gran distancia en menos unidades de mayor dimensión. En los Estados Unidos, hoy en día la generación local cuesta menos que la red eléctrica y se ha convertido en un método muy confiable; el 98%/99% de las fallas energéticas se originan en la red.
La energía nuclear es la opción de más lenta implementación. En cambio, los recursos descentralizados implementados tanto del lado de la oferta como de la demanda tienen la ventaja de contar con períodos cortos de implementación, modularidad y ahorros derivados de la producción a gran escala (podrían compararse con la fabricación de automóviles más que con la construcción de catedrales). La ubicación de este nuevo tipo de centrales suele ser menos controversial (a excepción de algunos casos insólitos en torno a la energía eólica); además, las tecnologías son en esencia más veloces de implementar, participan diferentes actores del mercado y no suponen procesos reglamentarios complejos, grandes iniciativas ni una determinada organización especial.
Amory B. Lovins, prestigioso defensor de las opciones energéticas “blandas” y gerente general del Rocky Mountains Institute con sede en Estados Unidos. Este artículo se basa principalmente en el trabajo del mismo autor, con el mismo título, de septiembre de 2005 (disponible en inglés en www.rmi.org) y fue complementado a partir de una entrevista con Roger East. ERT@rmi.org








